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El último round

This is a story based on “La siesta del martes” by Gabriel García Márquez

Todos los días tengo la misma rutina. Me despierto muy temprano en la mañana para poder pasar mucho tiempo en la iglesia antes del mediodía. Cuando llega esa hora, no importa donde te encuentres en el pueblo, simplemente hace demasiado calor al punto de que no es posible ser productivo. De hecho, todo el pueblo toma una siesta larga hasta las tres de la tarde. Ese día no fue diferente; a las doce le dije a mi asistente que me iba a dormir y que nadie debía despertarme. Después de haber dado estas instrucciones, me acosté en el sofá de mi oficina y el calor me puso a dormir. 

Mi asistente me despertó, miré al reloj que marcaba las dos y cuarto de la tarde. Estaba un poco enojado porque, según mis cálculos, tenía cuarenta y cinco minutos más para descansar. Ella me dijo: “Padre, una mujer y su hija están en la puerta de la iglesia y necesitan hablar con usted”. Le respondí que no las vería antes de las tres, que debían regresar después de esa hora. Mi asistente salió de mi oficina y puse mis pies en el suelo. No quería levantarme porque el calor era demasiado fuerte al punto que no podía creer que alguien estuviera haciendo algo durante esa hora del día. Mi asistente volvió y me dijo que ellas no podían regresar más tarde, que necesitaban mi ayuda en ese momento. 

La mujer y su hija entraron a mi oficina y me explicaron que necesitaban las llaves para ingresar al cementerio. Les dije que debieron haber esperado a la puesta del sol para no pasar tanto calor. La mujer simplemente sacudió la cabeza negativamente y, entonces, hice el papeleo para darles las llaves. Durante las preguntas de rutina, ella me reveló que era la madre de un chico, de otro pueblo, que se llamaba Carlos Centeno. Él había sido asesinado la semana pasada, cuando lo encontraron robando. Le pregunté un poco más sobre su hijo y me contó que Carlos era un joven de bien que se había dedicado al boxeo, lo cual siempre la angustiaba mucho: “los golpes, el ruido de los golpes”, murmuró. Les di las llaves y caminaron a la tumba de Carlos. Noté que todo el pueblo había despertado de sus siestas y estaban mirando desde de sus ventanas a la madre con su hija. Les recomendé que tomaran una calle más privada, pero la hija me dijo que eso no importaba. Ellas fueron en silencio a la tumba y yo regresé a mi oficina.

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